Oaxaca, pobreza y siete meses de rebelión en el México profundo


(PL/Agencias).- La protesta se inició con una simple reivindicación salarial de los docentes, pero se ha ido enconando y dura ya siete meses. Ya son 17 los muertos, cinlcuido un fotógrafo norteamericano.

Escribe Claudio Mario Aliscioni en Clarín que «sonríe y baja la mirada, atontada por el pudor», pero acaba de decir una mentira piadosa:

«Con mi hermanito comemos siempre»

Y añade Aliscioni que, por nada del mundo, Felicitas Romo admitirá que a veces se va a la cama sin cena. La denuncian sus dientes amarillos: no hay dieta sana con una ingesta de puros frijoles, sal y tortilla de maíz.

Es que Felicitas Romo, como todos sus compadres indígenas del poblado de Ixtlán, ilustra en su propia carne las contradicciones del México interior y profundo. Si con la comida chatarra importada del norte los pocos jóvenes ricos de Oaxaca se engrasan la sangre, gracias a la comida basura del sur los indios zapotecas como ella envejecen más rápido por el trabajo silencioso de la triquina en las entrañas.

Su comunidad, a una media hora de viaje de aquí por caminos de escarpadas cornisas, es una de las que se levantó en mayo último cuando el gobernador de Oaxaca, Ulises Ruiz, reprimió una huelga de 70.000 maestros que pedían mejoras salariales. El hecho disparó la creación de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO), la organización comunitaria integrada por más de 360 grupos sociales que lideró la rebelión popular que, desde junio, demanda la renuncia del mandatario, a quien acusan de fraude y corrupción. La protesta ya provocó al menos 17 muertos.

Felicitas, de 20 años, y muchos de los que integran la APPO, son hijos de los millones de mexicanos emigrados a EE.UU en los últimos años huyendo del hambre. Sus madres residen aquí, pero esos jóvenes casi no tienen figura paterna y sienten que su destino sólo conocerá la marginación y el desarraigo.

Ese ha sido el caldo que incubó la rebelión, en un cruce de causas económicas, sociales y políticas que transforman a Oaxaca en una metáfora del México profundo. «Oaxaca sigue siendo el principal problema político de México, pudriéndose cada día más por la negligencia de quienes deben buscar una solución», escribió el columnista del diario El Universal, Raymundo Riva. Razones no le faltan. Y el origen y sentido de la APPO es una clave para entender qué pasa en este Estado, el segundo más pobre del país.

Contra lo que suele decirse, la APPO no tiene líderes netos. La integran maestros, profesionales, comerciantes, intelectuales y sobre todo indígenas. No hay allí figuras que concentren el poder y todo se decide bajo una dirección colectiva. «Se levanta la mano y ya», dice a Clarín Argelio Morera, uno de sus miembros. Su cara indígena pero de rasgos orientales repite lo que ocurre con las de muchos mexicanos: sus pómulos y frentes denuncian el primer rostro, aquel que arribó hace milenios de las estepas asiáticas y que ahora apenas se advierte.

Como Felicitas o Argelio, el 70% de la población local es autóctona, repartida en 16 etnias con sus propias lenguas y ritos atávicos. «La mitad de los oaxaqueños son analfabetos y sometidos al caudillismo político. Como Oaxaca no tiene industrias, no mandan los empresarios sino los políticos. Entrar a la política es hacerse rico. Eso explica muchos males de aquí», dice a Clarín Marcia Alcalá, del Centro de Estudios Universitarios de Oaxaca.

Pero no todo surge del hecho de que el 10% de la población más acomodada acapara el 48% de la riqueza. «La rebelión se apoya en tres patas: la disconformidad social con los caciquismos, el fraude atribuido a Ruiz y la huelga docente. Los maestros son el barco al que todos se suben contra la venalidad de un mismo partido, el PRI, que gobierna desde hace décadas», dijo Ismael San Martín, director del diario Noticias.

En efecto, la saga del gobernador Ruiz es el colmo del grotesco. «Aquí reina el orden y la normalidad», dijo hace dos semanas a enviados del Senado, convocados a un hangar del aeropuerto porque la Casa de Gobierno estaba tomada por manifestantes. A kilómetros de allí habían ardido 40 micros y 50 autos, el Palacio Judicial, el Tribunal de Justicia, un hotel y varios comercios. La «normalidad» incluía además el edificio levantado de apuro junto a maizal, en reemplazo de un Parlamento también copado.

«Pero aunque la pobreza y la corrupción son los problemas más graves, no los creó Ruiz. Hace 30 años que el Estado central se olvidó de Oaxaca», comentó a Clarín el padre Wilfredo Peláez, de la Comisión Diocesana de Justicia y Paz. Pese a que es un paraíso de los turistas, Oaxaca se ha mantenido bajo el puño de feudos familiares en un intrincado laberinto de complicidades.

El futuro cuelga ahora de un enorme signo de interrogación y será un desafío para el presidente Felipe Calderón. Todos los consultados coinciden en que el nuevo presidente mostrará aquí si en verdad quiere erradicar la pobreza. Debería, afirman, descriminalizar la protesta y liberar a sus dirigentes encarcelados. Es el pronóstico del padre Peláez el que resume el clamor general: «Si a la protesta se le cierran las puertas, entrará por la ventana. Si no atendemos lo social, que no nos sorprenda luego el surgimiento de grupos armados».

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