La Gran Sabana, Tierra de Leyendas y Tepuyes

(Antonio Bernabei).-En el sudeste del estado más grande de Venezuela, existe un espacio mágico anterior al tiempo, un mar de clorofila donde surgen islas de roca vertical que se elevan como torres y desprenden desde sus alturas cascadas que dan vida a los ríos del Amazonas. Esta tierra, pura magnificencia paisajista se conoce como la Gran Sabana.

La Gran Sabana, alternancia de vacío y plenitud, aridez y exuberancia, donde los escenarios naturales son recorridos por majestuosos ríos, que contrastan con la variedad de verdes de la espesa selva, para luego serpentear por las abiertas sabanas; o jugar en los numerosos saltos de agua..

La mayor parte de esta área se encuentra bajo un régimen especial de uso dentro del Parque Nacional Canaima, y se asienta sobre un fragmento de lo que fue el primigenio continente de Gondwana (en la época en que América y África se encontraban todavía unidas). Cuando el océano Atlántico se interpuso, por fin, entre América del Sur y África, se abrieron innumerables hendiduras que, en el curso de los milenios, a causa de las acciones erosivas conjuntas de las lluvias, vientos y sol, crearon gigantescos bastiones inaccesibles y solitarios, con una fauna y vegetación que no existen en otras partes del planeta: los tepuyes.

La Gran Sabana es, sobre todo, morada de los tepuyes, las montañas más viejas del planeta. Las leyendas de los indígenas aseguran que eran tocones sagrados, restos de los árboles de la vida talados por los dioses o por prístinos héroes para proporcionar sus frutos a los hombres.

Posiblemente el tepuy más emblemático sea el Roraima (su nombre correcto es Roroima, que significa gran verde azulado), pues, de los 115 tepuyes existentes en la Gran Sabana, éste es el más elevado (2.810 metros de altitud) y la cima por excelencia dentro de este mundo de extrañas hechuras geométricas y arcaicas bellezas, que, además, hace de vértice geodésico natural a modo de esquina entre Brasil, Guyana y Venezuela.

Sir Walter Raleigh, personaje adorado por el romanticismo inglés, de quien se dice inventó la caballeresca costumbre de arrojar la capa sobre el barro para que no se ensucien los pies de la amada, al arrojarla en cierta ocasión delante de la reina Isabel I, de quien estaba enamorado.

Buscando el favor de su soberana, partió del puerto de Plymouth al mando con cinco navíos en busca de la Ciudad Dorada, que según la leyenda registrada por los viajeros y cronistas de indias, era un lugar donde el oro era tan abundante que cubría los caminos, y durante los rituales religiosos, el cacique se hacia cubrir de oro el cuerpo para ofrendar a los dioses. Raleigh se internó en el Orinoco. Y como era de esperar no llegó a ningún sitio.

Pero escribe el que ha sido considerado uno de los grandes libros de viajes en habla inglesa, y donde describe al Roraima “…como una blanca torre de una iglesia excesivamente alta. Allá le cae un poderoso rió, que no toca ninguna parte de dicha montaña, sino que se arroja sobre la cumbre de ella y cae al suelo con un terrible ruido y clamor, como si mil grandes campanas fueran sonadas unas contra otras. Yo creo que no hay en el mundo tan extraña catarata, ni otra tan hermosa de contemplar”.

De acuerdo con la mitología pemón, el Roraima se formó después de que Makunaima talara el gran árbol del mundo, el Wadaca, haciendo caso omiso a las palabras de Akuri, quien había advertido del peligro de este acto. Una vez cortado el árbol mágico se produciría la gran inundación que hoy nos relata los mitos. Pero, ¿de dónde provino esa agua? De acuerdo con la leyenda, la fuente fue el mismo tronco que, después de cortado.y haber generado la gran inundación prehistórica quedó como petrificado, convirtiéndose luego en lo que hoy conocemos como Roraima. De ahí el nombre que muchas veces se le ha otorgado a esta montaña: la madre de todas las aguas.

Pisar por primera vez la cumbre de este tepuy es una extraña experiencia. Se penetra en un paisaje sumamente original, sembrado de inusitadas formaciones de todo tipo. Dédalos de grietas y pasadizos, planicies erizadas de torrecillas, genuinas «sabanas de piedra», extravagantes arcos rocosos, columnas caprichosas y retorcidas siluetas de ominoso aspecto, con reminiscencias prehistóricas. Aquí es realmente fácil comprender cómo la fantasía de Conan Doyle, en su The lost world publicado en 1912, pudo poblar de gigantescos reptiles prehistóricos y de hombres mono estas regiones que aún hoy son conocidas como «el mundo perdido».

Extensas lagunas superficiales aparecen salpicadas de centenares de islotes de tierra apta para la colonización vegetal. La mayoría de estos islotes, con 10 ó 15 especies apretujadas sobre sus lomos, semeja floridos centros de mesa. Pero la deslumbrante belleza de los ramilletes disfraza una realidad mucho menos encantadora: tantos individuos compartiendo un espacio tan reducido se enfrentan en una lucha abierta y feroz por la supervivencia. El agua es una inagotable fuente de magia y colorido, al deslizar en la piedra producen jacuzzis con fondo de cristales de cuarzo.

El clima cambia tanto como los estados de ánimo de las mujeres intensas cuando se enamoran. Llueve y escampa, se nubla y sale el sol, hay vientos huracanados y todo se queda inmóvil. Y, al asomarse a la inmensidad, la sensación de caída es irremediable. El tepuy se alza con voluntad, son siglos de crecer, de lograr su espacio en el planeta sin discusiones.

La selva crece a los lados, intentando llegar a la cima, pero jamás lo consigue, ni siquiera sus árboles más altos ponen en peligro su supremacía. La palabra no puede describir lo que el alma, el cuerpo y la mente sienten al unísono, porque de todos modos está demasiado ligada a la sucesión de la vida, y la sensación que se produce en el viajero tiene lugar en un tiempo único e irrepetible, extremadamente bello como para no dejarse cegar.

Pero no todo es tepuy en la Gran Sabana. El agua es su signo: los saltos y los ríos se entremezclan con el verde mar de selva. La quebrada de Jaspe o Kako-parú, un milagro de rocas talladas perfectamente por la naturaleza, aparece ante la vista como una sinfonía de colores, del rojo más encendido al amarillo, manchada de negro a causa de la acción de un hongo. Piedras alisadas y durísimas, parecidas al mármol ya la obsidiana; una vegetación extraordinaria alrededor de las aguas; árboles con maravillosas flores blancas.

La inaccesibilidad geográfica de la región es la que ha permitido que durante siglos, este rincón del planeta haya permanecido ajeno a las grandes colonizaciones occidentales destructoras de otros espacios naturales de la tierra. Sin embargo, hace 30 años fue inaugurada la carretera que se interna en la Gran Sabana, permitiendo así unir la región con las grandes ciudades circundantes.

No se sabe si la Gran Sabana se detuvo en el tiempo o fue el tiempo quien se detuvo en ella, o simplemente es un tiempo sin tiempo, que envuelve en cada respiro, a cada pulmón. Los ojos se ponen golosos al verse hipnotizados por verdes tepuyes cuyas cumbres parecen haber sido cortadas «a tajo limpio» por Dios, espejos que se encierran en los ríos, donde no se sabe si es el agua quien refleja al cielo o el cielo quien refleja al agua.

Recomendaciones Practicas

•La Gran Sabana está al este del Parque Nacional Canaima, en el Estado Bolívar, Venezuela.

•Formalidades: pasaporte en regla, Para estancia inferiores a 90 días no se necesita visado. Aunque no es obligatorio, es recomendable vacunarse contra la fiebre amarilla y la malaria.

•Cómo llegar: Air Europa tiene vuelos directos de Madrid a Caracas. Las tarifas, según temporada y tipo de billete. Acceder a la Gran Sabana es muy fácil desde que se construyó una carretera en 1973 que luego se asfaltó en 1991. Se trata de la troncal 10, que une la Ciudad Bolívar con Santa Elena de Uairén.

•Para ascender al Roraima es obligatorio solicitar permiso de IMPARQUES (Instituto Nacional de Parques). Oficinas: Avda. Francisco de Miranda, Parque del Este, Caracas. Si ya se está en la Gran Sabana y no se tiene el permiso, hay que dirigirse al Comando de la Guardia Nacional en Santa Elena de Uairén.

También es preceptivo inscribirse en la alcabala de San Ignacio de Yurianí : nombre, nº de pasaporte y el guía que nos acompañará.

Los indios Pemón hacen de guía, y es obligatorio ir acompañados de ellos, se pueden contratar en San Ignacio de Yuruaní. Los porteadores son opcionales, pero si el peso de su mochila supera los 15 kilos, es mejor contar con ellos; su experiencia por las empinadas sendas del Roraima es decisiva.

El equipo indispensable lo componen botas de «trekking», medias normales y gruesas, ropa de abrigo (en las cumbres la temperatura puede descender a los 0ºC), chubasquero, saco de dormir, tienda, cocina y utensilios anejos, linterna, bolsas para la basura. Si se tiene la intención de bañarse en ríos y quebradas, conviene llevar calzado especial de goma con suela antirresbalante.

Las ascensiones no requieren conocimientos técnicos de alpinismo. No obstante, se trata de empresas arduas que exigen una buena condición física, cierta capacidad de sufrimiento y voluntad de vencer; de lo contrario, la selva y los ríos o las lluvias, el barro y las nieblas en las empinadísimas pendientes de las terrazas pueden convertirse en obstáculos insuperables.

En la Gran Sabana no hay caimanes, ni pirañas, ni rayas venenosas, ni anguilas eléctricas. Las serpientes mortíferas son la mapanare, la coral y la cuaima-piña; afortunadamente, las mordeduras de ofidios son rarísimas.
Texto: Antonio Bernabei Moldes

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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