Brutales asesinatos

El siniestro pedófilo que ayudaba a buscar los cuerpos de sus propias víctimas

Los crímenes, realizados en Reino Unido durante 1986, siguen vigentes en la sociedad británica

El siniestro pedófilo que ayudaba a buscar los cuerpos de sus propias víctimas
Russell Bishop

Todo Reino Unido recuerda la historia. Eran las 6:25 pm del 9 de octubre de 1986. Nicola Fellows y Karen Hadaway, 9 años cada una, estaban paseando por Wild Park, en Brighton, una de las ciudades más lindas del sur de Inglaterra. Una jovencita mayor se les acercó y les dijo que regresaran a casa antes de que sus padres se preocuparan. (Un pedófilo musulmán consigue permiso para ver en la cárcel al hijo que tuvo una mujer que tenía 14 años cuando la violó)

Pese a que tanto a Nicola como a Karen eran temerosas de la oscuridad y que no repararon en que pronto anochecería y que estaban en ese parque -un lugar que uno de sus padres les había advertido que evitaran-, no hicieron caso al consejo de la desconocida y continuaron allí.

No regresaron. Y la policía lanzó una intensa búsqueda para dar con ellas. Un nutrido grupo de oficiales acompañados por un helicóptero desde el cielo se lanzaron a requisar todo el lugar. Los vecinos y los familiares de Nicola y Karen también tomaron sus linternas para adentrarse entre la densa niebla que hacía del Wild Park un lugar más sobrecogedor. (Esta niña de 10 años se salva así de ser violada por un pedófilo que la asaltó en plena calle)

Sólo hallaron una sudadera azul de hombre. Estaba en uno de los senderos del parque. Sucia. El temor era cada vez mayor entre los Fellows y los Hadaway. Esa noche la búsqueda continuó sin éxito. Ambas serían encontradas al día siguiente. Estaban recostadas. Muertas. La cabeza de Karen reposaba inexpresiva sobre la falda de su amiga. Los signos eran evidentes: habían sido violadas y estranguladas.

El caso sacudió no sólo a Brighton, sino a la opinión pública de todo el Reino Unido. Se lo conoció popularmente como el asesinato de las «Niñas en el bosque». La investigación policial fue obsesiva. Requirió de 10 mil entrevistas a testigos, sospechosos, informantes… y más de 4 mil requisas a hogares. El rostro de ambas víctimas recorría no sólo los canales de noticias, sino que estaban pegados en cada poste de cada esquina de la ciudad balnearia del sur inglés.

Las sospechas recayeron sobre Russell Bishop, un conocido ladrón de autos y… cercano a la familia. Pero no fue fácil llevarlo ante la justicia.

El cinismo de Bishop fue absoluto. A tal punto que la noche en que Nicola y Karen estaban supuestamente desaparecidas, su violador y asesino se ofreció a ayudar en la búsqueda y se puso codo a codo con los familiares y policías a rastrear Wild Park. Incluso puso a disposición a Misty, su perro, porque decía que era un gran rastreador. «Es un monstruo», fueron las palabras de la familia Fellows por medio de un comunicado cuando se confirmó la autoría.

Un caso ocurrido ocho años antes al de las Niñas en el bosque también había sacudido Brighton. Y fue el padre de Bishop, un techista, quien había sido acusado. En aquella ocasión, en 1978, una mujer de 36 años había sido violada, asesinada y mutilada. Sin pruebas concretas en su contra, el hombre fue liberado. El caso, conocido como el de La Bestia de Stanmer Park, hasta el momento no fue resuelto.

En el momento de los brutales feminicidios, Bishop tenía 20 años, vivía con su novia embarazada con quien había tenido un hijo. Pero mantenía una perversa costumbre: mirar detenidamente a las menores de edad. De hecho, por entonces mantenía un vínculo con una jovencita de 16 años.

El padre de Nicola, conocedor de los rumores acerca de Bishop -a quien conocía porque jugaban al fútbol juntos- les había prohibido a su hija y amiga que se acercaran a él. Mejor tener lejos a ese joven de bigotes no muy tupidos, mirada desafiante y de talla pequeña. No era de confiar.

Una vez que se descubrieron los cadáveres de las niñas de 9 años, Bishop -dándose corte de que había sido protagonista de la búsqueda- comenzó a hablar demasiado con sus amigos y con todo aquel que quisiera saber algo sobre el caso que conmovía a todos. Contaba detalles que llamaron la atención de la policía y lo pusieron en la mira de la investigación. Frente a los investigadores, dio marcha atrás. Argumentó que había mentido para parecer más importante en un caso que tenía a toda la población en vilo.

Pero algo no cerraba en su historia. Con el pasar de los días, testigos informaron que Bishop había sido visto en las cercanías del Wild Park esa tarde de los asesinatos. Fue detenido tres semanas después.

Pero la impericia forense jugó a favor del homicida. Un año después, cuando enfrentó un tribunal, el caso sucumbió. Las pruebas recolectadas en el lugar fueron un desastre. Los peritos no habían tomado la temperatura a los cadáveres cuando fueron identificados, lo que no pudo determinar el horario exacto en que fueron violadas y asesinadas. No tomaron pruebas de sangre. Tampoco se recogieron huellas dactilares. Ni midieron las marcas que los dedos del criminal dejaron impresas en los cuellos de Nicola y Karen.

¿Cómo pudieron trabajar tan mal en un caso tan sensible? La opinión pública enfureció a la luz de la impericia. Y el caso parecía desvanecerse.

La novia de Bishop también declaró ante la justicia. En un principio había reconocido la sudadera azul recogida en un sendero mientras rastreaban a las niñas como de su pareja. Pero cuando se subió al estrado, cambió su versión de los hechos. «No«, dijo cuando se le preguntó si pertenecía al acusado.

En diciembre, el jurado dio su veredicto: absuelto. Bishop hizo una mueca que se pareció demasiado a una sonrisa. El «monstruo» estaba aliviado.

Tres años después, otro hecho similar volvería a golpear Brighton. En 1990 una niña de 7 años fue secuestrada. Su captor la trasladó al interior de un parque donde la sometió sexualmente. Violada e indefensa, la pobre niña vio cómo el animal que estaba sobre ella tomaba su frágil cuello con sus manos. Se sintó asfixiada y se desvaneció. El asesino escapó. Creyó que la había matado. Sin embargo, la niña sobrevivió e identificó a su violador: «Bishop«.

Al año siguiente fue declarado culpable y sentenciado a prisión perpetua con un mínimo de vivir 14 años tras las rejas. Fue encontrado responsable de secuestro, violación e intento de homicidio.

Pero aún, pese a las sospechas tan firmes sobre el protagonismo de Bishop, el doble homicidio de Wild Park seguía impune. Para más desgracia, las prendas fueron utilizadas para un documental de la BBC.. y Martin Bashir el periodista responsable del envío -que nunca fue proyectado- las perdió.

Las desgracias continuaron: una de las niñas que interpretó a Nicola en otro documental estrenado en 1996, fue asesinada. El padre de Karen falleció dos años después, sin conocer la verdad sobre lo ocurrido aquella tarde en Brighton.

Los años pasaban sin respuestas. Creyó que la había matado.

En 2009, el padre de Nicola, Barrie Fellows fue detenido. Había sido acusado de violar a su hija antes de su muerte. Permaneció tres meses preso hasta que la Policía retiró los cargos porque la acusación contra él había sido falsa.

Pero un cambio en las leyes británicas le permitieron a los investigadores ir de nuevo por Bishop. Esa norma dice que cuando apareciere nuevas y concluyentes pruebas sobre un caso ya juzgado, podría reabrirse. Esas nuevas pruebas eran test de ADN. Las marcas genéticas del sospechoso fueron halladas en la piel de Karen y sus prendas.

Además de las evidencias a disposición, los investigadores también presentaron el caso de 1990, de casi idénticas implicancias. «Las similitudes entre los eventos por los que fue condenado en 1990 y los de 1986 son tales que, junto con todas las demás pruebas del caso, pueden llevarlo a la conclusión segura de que el acusado también fue responsable de los asesinatos de Nicola y Karen, pero unos años antes», indicó el fiscal Brian Altman.

Bishop intentó una defensa. Dijo que era inocente. El jurado, esta vez lo condenó. Este martes se leerá su sentencia. Los padres de ambas niñas estallaron en lágrimas. Por primera vez, esas lágrimas que caían por sus mejillas eran de emoción, no de tristeza.

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