
(Antonio Bernabei).- El río Orinoco nace en un oculto rincón de la selva venezolana cerca de la frontera con Brasil. Desde allí, el modesto manantial de aguas rojizas va creciendo, alimentándose de riachuelos y ensanchándose con el caudal de los ríos tributarios, hasta convertirse en la monumental y polifacética corriente fluvial que atraviesa en arco la región suroriental de Venezuela, separando la selva tropical del resto del país.
En este mundo casi plano de lujurias vegetales, yace una Montaña Mítica Natural, un Tepuy, el más occidental… y el más aislado de los que se levantan en territorio venezolano, inaccesible durante siglos: el Cerro Autana -cuyo verdadero nombre es Kuawai-, el árbol cósmico, el árbol de la vida, centro del mundo, que relaciona la tierra y el infierno. Una cumbre de escarpadas y verticales paredes que sobresalen de la selva como una gigantesca torre que presenta en su tercio superior una cueva de 40 metros de altura y una galería de 395 metros que la cruza de lado a lado como el ojal de una aguja.
La aventura comienza en Puerto Ayacucho, hoy por hoy, el principal centro regional de bienes y servicios, un imán que atrae gentes diversas de toda la cuenca media del Orinoco. En el mercado indígena se reúnen panares, guahibos, curripacos, yekuanas banibas y piaroas a vender sus productos y artesanías. Uno encuentra aquí desde tallas en madera de la variada fauna de la zona –tucanes, babas, serpientes, jaguares, cachicamos, loros y guacamayas– hasta carata embotellada, un aderezo liquido picante fabricado con bachacos (hormigas gigantes) exprimidos.

A una hora por carretera hacia el sur, Samariapo: puerto fluvial sobre el Orinoco y puerta de entrada al salvaje mundo de la jungla de la Orinoquia. A partir de aquí, el viaje adquiere carácter exclusivamente fluvial. Los ríos son las únicas vías de penetración posibles.
En el muelle, los bongos flotan bajo un sol inclemente, abarloados en estrecho abrazo, mientras los bongueros –sus propietarios, indios transculturados- esperan pacientes que alguien contrate sus servicios. Y es que por aquí deambulan todo tipo de especie humana: aventureros, mineros, negociantes, buscadores de fortuna, misioneros, militares, borrachos o simplemente turistas. Todos con un objetivo común: la selva, ahora al alcance de la mano.
En el río las horas transcurren calmadas, el avance del bongo provoca una brisa refrescante que ahuyenta los mosquitos y feroces chupadores de sangre. El río serpentea, meandro a meandro, como si le costara atravesar el dosel de tupido verdor. De vez en vez, de cuando en cuando, aparecen asentamientos humanos. La mayoría ni siquiera son aldeas: dos o tres cabañas con techumbre de palma en pequeños desmontes a pie de caño.
Al llegar al río Autana se penetra en una dimensión remota, ajena al fluir del tiempo, no hace falta cerrar los ojos para sentir la magia de esta tierra. Repentinamente, frente a nosotros emergía como una ilusión presta a desvanecer, el Cerro Autana, solitario, altivo, con un collar de nubes en incesante formación. Es envolvente, atraviesa los poros y nos deja aliento en el alma. Su belleza de tan principio de mundo te hace sentir un ser mucho más genuino.
Pasan las horas repartidas entre largas caminatas y una ardua navegación, hasta alcanzar la cima del cerro Waahari, localizado justo al frente del Autana. Una lluvia intensa atentó en contra de los ánimos del grupo de viajeros, pero no logró su cometido. Cuando llegamos a la cumbre, la lluvia desapareció por obra y gracia de Dios. El clima cambia tanto como los estados de ánimo de las mujeres intensas cuando se enamoran. Y, al asomarse a la inmensidad, la sensación de caída es irremediable.
El Autana se alza con voluntad, son siglos de crecer, de lograr su espacio en el planeta sin discusiones. La selva crece a los lados, intentando llegar a la cima, pero jamás lo consigue, ni siquiera sus árboles más altos ponen en peligro su supremacía. Ciertamente el misticismo selvático, abrigado por la mitología indígena, logra impactar y cautivar al viajero.
Mientras estás cerca de él te quedas inmóvil y te rindes a su antojo, mientras la mente rescata las palabras de un anciano piaroa:
“En el origen de las cosas estaba Wahari. El nunca muere. El nunca desaparece. Wahari pensaba en la vida, por eso nos creo a nosotros, los piaroa. Un día, Wahari cortó el Kuawai, el Árbol de la Vida, que contenía en sus ramas todos los frutos del mundo. Los frutos, con sus semillas, se regaron sobre la tierra y tuvimos alimento.
Del Árbol de la vida, sólo el tronco permanece.
Ustedes, los criollos, lo llaman Cerro Autana.
Para nosotros, los piaroas, es el Kuaimayojo, el tocón petrificado del Wahari-Kuawai, a cuyo alrededor Mereya Anemei creó el universo: los ríos y raudales, las montañas y la selva, los animales, la lluvia y el espacio celeste.
Este es nuestro territorio de origen.
Esta es, para nosotros la tierra sagrada”.
Texto y Fotografía: Antonio Bernabei Moldes
Miembro de la Cámara de Periodistas y Comunicadores de Turismo
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