(PD).- Escribe Alfonso Rojo en ABC que a los periodistas nos pasa lo que a los políticos. Obsesionados por transmitir un mensaje «aceptable» y una imagen «correcta», a menudo no decimos realmente lo que pensamos. Y el discurso, difundido desde tertulias radiofónicas, debates televisivos y columnas de prensa, se ajusta poco a lo que dicta el sentido común y opina cualquier padre de familia con dos dedos de frente.
Esto incluye desde la inmigración al terrorismo, pasando por la delincuencia o la educación, pero he venido a hablar de la letal operación con la que el Ejército colombiano ha dado muerte al terrorista Raúl Reyes, portavoz de las FARC.
En descargo de esta profesión, tan divertida y desventurada, subrayo que dos de los más brillantes en este oficio, con posiciones políticas muy dispares pero ambos profundos conocedores de la región -Ramón Pérez Maura, que escribe aquí y Miguel Ángel Bastenier, quien dice estar en retirada pero sigue publicando en El País- coinciden en el apoyo pleno al presidente Uribe.
En contraste, proliferan las condenas a vuelapluma, los matices y los legalismos de todo ese rosario de comentaristas, que en su fuero interno están encantados de que hayan apiolado a un facineroso implicado en cientos de asesinatos, pero se rasgan las vestiduras porque los militares colombianos lo hayan hecho, violando la soberanía ecuatoriana.
He escuchado a tertulianos pontificar que lo correcto habría sido que Bogotá hubiera pedido permiso a Quito, antes de adentrarse en el país. Solemne memez, sobre todo a la vista de la airada reacción del presidente Correa. El ecuatoriano, a la estela de Hugo Chávez, se ha convertido en aliado objetivo de los narcoterroristas.
A estas horas tendría que estar pidiendo perdón por albergar en su país bases de las FARC, en lugar de clamar contra quienes con toda la legitimidad del mundo y una precisión quirúrgica han cruzado la frontera para eliminarlas.
En los documentos incautados a Reyes queda claro que Chávez financia y suministra armas a los malvados y que Venezuela y Ecuador les sirven de santuario y de mazmorra para esconder a sus desventurados rehenes.
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