Había matado a tiros a un tal Adel al-Mohaimeed, durante una reyerta de lo más cutre. Y de poco le sirvió formar parte de la corte de 6.000 príncipes de Arabia Saudí que están tan protegidos por la Casa Real de esos lares.
Tras un tenso juicio, donde los familiares de la víctima se negaron en redondo a perdonarle ni a recibir compensación económica alguna, el príncipe Turki bin Saud al Kabir, -quien se confesó autor de los hechos-, fue condenado a muerte.
La ejecución pública tuvo lugar el martes 18 de octubre de 2016 en la capital del país, Riad, aunque hasta ahra no se tenían imágenes de la misma, que llevó a cabo uno de los mejores verdugos del país. Así, de un certero tajo, lo decapitó en mitad de una calle.
La autoridades sauditas emitieron un decreto para llevar a cabo la decisión de la Corte en un sorprendente ejemplo de un miembro de la familia gobernante sometido a pena de muerte. El comunicado no especifica cómo murió el príncipe. La mayoría de las personas ejecutadas en el reino son decapitados con una espada.
El comunicado del Ministerio del Interior confirmó entonces «la intención del rey Salmán de fortalecer la seguridad, la justicia y los juicios de Dios». Además, advirtió «que el castigo legítimo será el destino de quien trata de atacar a personas inocentes y derramar su sangre».
Los miembros de la familia real de Arabia Saudita han sido ejecutados solo en raras ocasiones. Uno de los casos más resonantes fue el de Faisal bin Musaid al Saud, quien había asesinado a su tío, el rey Faisal, en 1975.
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