La ignorancia de Europa, España incluida, sobre América Latina lleva a considerarla un subcontinente homogéneo. Y, claro, así nos va luego en nuestra errática política exterior.
La verdad es que nada tienen que ver cultos países europeizados, como Argentina, Chile y Uruguay, con sus indigenistas vecinos de Bolivia, Paraguay y Ecuador.
Más distancia, y no sólo geográfica, existe entre la irreparable miseria de Haití y la emergencia de Brasil como gran potencia mundial.
Las diferencias, incluso, han llevado a antagonismos, sin necesidad de remontarnos a la Guerra del Chaco entre Bolivia y Paraguay o a la más reciente del Guerra del Fútbol entre Honduras y El Salvador.
Perú y Ecuador, por ejemplo han litigado durante dos siglos por un territorio fronterizo equivalente a media España.
Argentina, aun sin haber cerrado del todo sus heridas con Chile por el apoyo logístico de éste a Gran Bretaña durante la Guerra de Las Malvinas, ha abierto una nueva disputa con Uruguay por la instalación de una papelera cercana a Gualeguaychú.
Todo eso, sin aludir a la conocida la animadversión de Hugo Chávez y Álvaro Uribe, dirigentes respectivos de Venezuela y Colombia.
Es en el ámbito político, precisamente, donde más se evidencian las diferencias entre regímenes autoritarios como los de Cuba y, en menor medida, Nicaragua, Bolivia y Venezuela, y la tradición democrática de México y Costa Rica, por ejemplo.
Por todo esto, considerar a América Latina una unidad a la hora de llegar a acuerdos con ella, no sólo supone una imprecisión lingüística, sino que constituye un error diplomático de imprevisibles consecuencias.
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