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Su expareja, una joven colombiana de la que tiene una orden de alejamiento desde junio, espera también un hijo

El ‘diablo’ de la iglesia sólo buscaba vengarse de una embarazada

Eligió al azar el jueves y la misa de ocho, para ejecutar en otra persona su revancha

Periodista Digital 02 Oct 2011 - 10:23 CET
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El autor del tiroteo en una iglesia en Madrid tenía una carta de despedida en la que decía que le perseguía el demonio

Estaba obsesionado con las mujeres embarazadas y decía que le perseguía el demonio.

«Tengo el diablo detrás. No tengo trabajo. No tengo dinero. No tengo nada. Tengo que hacer algo. ¡Estoy desesperado!», decía la nota que llevaba escrita en la cartera Iván Berral Cid, de 34 años, el hombre que el 30 de septiembre de 2011 decidió pasar a la acción de una forma terrorífica.

Como explica con detalle M.J. Alvarez en ABC, así, minutos antes de las ocho de la tarde irrumpió en la iglesia de Santa María del Pinar, situada en el distrito de Ciudad Lineal y, sin mediar palabra, abrió fuego contra dos mujeres, asesinando a una de ellas, en avanzado estado de gestación, e hiriendo de gravedad a la otra, tras lo cual, se descerrajó un tiro en la boca.

No fue un arrebato y no conocía de nada a las víctimas. Su terrorífico plan, ideado por una mente perturbada, fue planeado de forma minuciosa. Sobre Iván pesaba una orden de alejamiento de su ex pareja, de origen colombiano, desde el mes de junio de este año.

Tenía un abultado historial delictivo, sobre todo por delitos de violencia en el ámbito familiar -lesiones, amenazas y malos tratos- y tráfico de drogas, así como por atentado a agentes de la autoridad, resistencia y desobediencia.

Su fijación por su ex mujer, que esperaba también un hijo, sus manías y sus problemas psiquiátricos -de los que no constan antecedentes- hicieron que ayer, no se sabe bien por qué, acudiera hasta esa parroquia concreta, quizá porque conocía la zona.

Iván llevaba tiempo viviendo en la calle y solo acudía a pernoctar a algún albergue si hacía mal tiempo. Algunos residentes en el Pinar de Chamartín decían consternados que «nos sonaba su cara».

Lo cierto es que eligió al azar el jueves y la misa de ocho, bien para ejecutar en otra persona una venganza que en realidad iba dirigida contra su ex compañera, bien para seguir los dictados de su demencia, que le impelían a actuar contra una mujer que esperase un hijo por albergar al «diablo» en su interior, a ese ser que le perseguía y del que quería librarse.

 

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