Los mil disfraces de la cocaína

Recurren a los métodos más sofisticados para camuflar drogas en el equipaje o en sus propios cuerpos. Buscan hacerla invisible ante la celosa mirada policial. Pero aun así caen como moscas antes de embarcarse. Más de dos toneladas de cocaína decomisadas a 277 burriers, en los primeros cuatro meses del año, revelan que el aeropuerto Jorge Chávez es ahora una de las rutas preferidas del narcotráfico.

Los recursos a los que apela el narcotráfico para trasladar drogas de un lugar a otro del mundo no dejan de sorprendernos. Han inventado una maleta hecha con acrílico y cocaína. También trasladan la droga impregnada en ropa o dentro de botones. O la llevan en productos naturales, páprika en polvo y comida deshidratada. O en suelas de zapatillas y conos de hilos. O en los tubos del cochecito de un bebé (criatura incluida). O en bolsas de cuero repujado, tapices, pelotas, fajas sintéticas, libros, envases, pistones Y lo último: recuerdos de misa.

«La imaginación de quienes se dedican al negocio de las drogas nunca descansa», afirma el comandante Carlos Figueroa Flores, jefe del departamento antidrogas del aeropuerto Jorge Chávez.

Asegura que solo entre el primero de enero y el 4 de mayo de este año han sido detenidos en el terminal aéreo 277 burriers que pretendían sacar 2,046 kilos de droga.

En el 2006 –dice el oficial– fueron arrestados 459 traficantes y se decomisaron 2,143 kilos de estupefacientes.

Es decir, en sólo cuatro meses la Dirandro confiscó casi la misma cantidad de droga que se incautó el año pasado en el aeropuerto y superó a la del 2004 y 2005 que llegó a poco más de una tonelada.

Son entregados

La Policía, sin embargo, admite que por cada burrier que es descubierto, muchos otros pasan inadvertidos al mismo tiempo. Casi siempre el que cae es entregado por los propios narcos para distraer la atención de los agentes antidrogas y facilitar el desplazamiento del resto.

Es evidente que faltan recursos para controlar a los miles de pasajeros que a diario salen por el aeropuerto. Se estima por eso que los traficantes habrían sacado, entre enero y mayo de este año, un promedio de cinco toneladas de alcaloide.

El asunto no tiene misterio ni complejidad: el mismo kilo de cocaína que en el Perú cuesta 1,500 dólares, pasa a valer 5,000 en Argentina, 40,000 en EEUU, 60,000 en España y 80,000 en países asiáticos.

Conclusión: se trata de una actividad delictiva altamente rentable y en la cual, siguiendo la lógica de los narcotraficantes, los riesgos son fríamente calculados.

De todo el mundo

Para el comandante Figueroa, todos los métodos a los recurren los traficantes son repudiables porque de lo que se trata es de transportar muerte. Pero se toca fondo cuando el objeto para llevar la droga es el cuerpo de un ser humano, golpeado por las necesidades de la vida.

«Las mafias eligen embarazadas de pocos meses, porque los médicos se niegan a someterlas al examen delator de los rayos X. También reclutan ancianos porque su aspecto suele alejar sospechas. En los primeros tres meses de este año se detuvo a 56 personas que llevaban droga en el estómago.

Hasta el momento son 192 los peruanos capturados con droga en el aeropuerto. Los siguen los españoles (24), bolivianos (8), holandeses (5). De Portugal han sido detenidos cuatro, la misma cantidad de Malasia, tres de Inglaterra, Brasil, Bulgaria, Italia y Suiza. Dos de Argentina, Corea, Polonia, República Dominicana, Sudáfrica y Rumania.

El resto son de Alemania, Canadá, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Eslovenia, Francia, Hungría, Israel, República Checa, Ucrania y Uruguay.
La táctica es dividir el riesgo. Llevarlo a su mínima expresión. Que ya no se pongan en juego grandes cantidades, sino porciones mínimas de esos embarques, refiere el jefe antidrogas.

Jugando con la muerte

N.M. es de Malasia. Se cuida de no arrastrar a nadie a la cárcel. Ni aunque el rencor y el resentimiento la impulsen a derramar lágrimas incontenibles. Su misión consistía en ingestar 160 cápsulas y embarcarse de regreso a su país. Fue a través de una amiga que se decidió. «Yo estaba desempleada, desesperada por unas deudas, y fue lo único que tuve por delante para salir del problema», explica.

Al ser apresada imploró piedad. «Me van a condenar a la pena de muerte», repetía una y otra vez. Imaginaba que las leyes de su país eran similares a las del Perú.

A unas y a otros los entrenan durante unos siete días: los hacen tragar uvas congeladas o pedazos de vela para acostumbrar la garganta y les prohíben beber lácteos o cítricos que los irriten. Después les dan las setenta u ochenta cápsulas que deben meterse en el estómago.
«La primera vez me dolió la panza, me dieron unas pastillas para que tomara. Pero nadie me dijo que con esto adentro yo me podía morir. Lo vengo a saber ahora, ya preso», dice el esloveno Romijn Hendrik Pieter.
Hasta hace una década la maniobra sólo reconocía un método: paquetes dentro de una valija con doble fondo. Con los años aquello cambió de tal forma que empezaron las sofisticaciones. Ya los están descubriendo, pero eso no significa que el problema se terminó.

En la mira

«Capsuleros» es el nombre más común que se les da a los que llevan droga en el estómago, aunque también se los llama «ingestados», «tragones», «bodypackers», «encapsulados» o «cargados».

Tragar las cápsulas hechas con látex les lleva varias horas. Una vez ingeridas ya no pueden comer hasta llegar a destino. Sus peores enemigos son los canes antidrogas, entrenados para detectarlos.
Sus adiestradores buscan los signos delatores: las ojeras de los nervios (que se hacen más visibles cuanto más demore el control policial y la ausencia de alimento), el agua mineral a mano para humedecer la garganta reseca, y las contradicciones a la hora de responder sobre el motivo del viaje. Los sospechosos van a parar a la sala de rayos X del hospital más próximo.

Si la prueba da positivo, los operan o los obligan a evacuar de la misma forma que lo harían al llegar a destino, pero frente a dos testigos: sentados en una silla hueca (sin la base del asiento) y con un ‘papagayo’ o bacinica debajo. Los agentes que los atraparon suelen ganarse un día de franco y los «capsuleros», de cuatro a quince años de su vida en prisión.Los que tienen aún menos suerte mueren cuando una cápsula revienta en los intestinos. O alguien los mata para sacarles la droga del vientre. Para no llegar a estos extremos, los narcos han perfeccionado este método. La Policía ha detectado cápsulas irrompibles de fibra de vidrio.

«Lo peor es que son hombres y mujeres desesperados. Muchos dicen que lo hacen para costear un tratamiento médico para un ser querido (padres o hijos)», señala el comandante Figueroa.

Sus historias son tan sórdidas como dramáticas: suelen ser de clase media venida a menos, capaces de arriesgar la vida y la libertad por un dinero que les permita resolver una urgencia.
Otros métodos

1. Lo último en el negocio del tráfico ya no son los trucos para esconder los cargamentos en sillones, muñecas, o turrones, sino hacer irreconocible la droga en sí misma, mezclándola con diferentes sustancias.

2. La diluyen en vino, maca o en champú. La mezclan con plástico y fabrican objetos. Tiñen la cocaína de negro, rojo, la disuelven en líquidos, o la presentan gomosa, mezclada con plástico o impregnada en la ropa.

3. Después, con procesos químicos, la ‘recuperan’ en los lugares de destino. Según los expertos, sólo pierden un 10 %.

Por su importancia reproducimos este reporte del Diario La Repúiblica de Lima.

Por Óscar Chumpitaz
Fotos: Virgilio Grajeda

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Autor

Paul Monzón

Redactor de viajes de Periodista Digital desde sus orígenes. Actual editor del suplemento Travellers.

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