¡Qué has hecho con mi país, «comemielda»!

¡Qué has hecho con mi país, "comemielda"!

(PS/ÉPOCA).-Después de reinstaurar, a su cruel manera, la legalidad republicana, cuentan que el dictador Lucio Cornelio Sila convocó al Senado para rendir cuentas por su gestión. Nadie osó criticarle y Sila, por voluntad propia, abandonó el cargo. Desde allí se fue tranquilamente a su casa. En el trayecto alguien le dirigió una obscenidad. “Después de ese gesto” – dijo Sila-, “ningún dictador volverá a abandonar el poder voluntariamente”.

Es probable que Castro conozca la historia del romano, y por eso se va, pero poco. De hecho, como cuenta Kiko Méndez-Monasterio en Época continúa al frente del partido y cuenta con que su enfermedad acortará el tiempo lo suficiente como para que sus enemigos no puedan sentarle en un banquillo. En cualquier caso, los tribunales no son algo desconocido para el anciano Fidel. En 1953, después del asalto fallido al cuartel de Moncada para derrocar a Fulgencio Batista, fue conducido delante de los jueces. Ante el tribunal largó uno de sus más conocidos discursos, que terminaba con la frase: “Condenadme, no importa. La Historia me absolverá”. Hablaba también de libertad, de lícita rebelión contra la tiranía. Ni una palabra de socialismo, todavía no tenía un credo definido.

En sus lecturas alternaba a José Antonio y a Martí… Cualquiera de los opositores al régimen que aún hoy se pudren en las cárceles cubanas podría repetir en su defensa ese discurso. Claro que para eso tendría que tener un juicio. El joven Fidel sí que lo tuvo. Le condenaron a 15 años de prisión, pero fue amnistiado por el mismo poder que él acabaría derrocando.

SU VIDA


Fidel Alejandro Castro Ruz
nació el 13 de agosto de 1926 en una granja de la entonces provincia cubana del Oriente, hoy llamada Holguín. Fue hijo ilegítimo del gallego Ángel Castro
y de una de las empleadas de su hacienda, Lina Ruz. Se educó en Santiago y después en La Habana, en cuya Universidad se doctoraría en Leyes. Ya entonces se aficionó a los discursos y a las actividades subversivas que acabarían con esa rebelión frustrada en 1953.

Después de la cárcel se exilió en México, donde conocería al Che y desde donde prepararía su nueva ofensiva. Con menos de un centenar de seguidores se embarcó en el yate Granma y desembarcó en la isla en 1956. Otro desastre: el Ejército casi aniquiló a los subversivos al poco de tomar tierra. Penosamente consiguieron llegar a la Sierra Maestra, donde empezaría la epopeya de una docena de barbudos contra todo un Gobierno.

Cuánto daño ha hecho el romanticismo. En la izquierda europea y americana se empezaba a
ver con simpatía a ese grupo de idealistas que se presentaban ante el mundo como héroes mitológicos. Niños bien, de Universidad, con la cabeza llena de utopías, pero a la vez sin mucho escrúpulo a la hora de acariciar el gatillo. El buenismo en armas. De esa lucha idealizada todavía vive buena parte de la izquierda mundial, y no sería muy grave si no fuese porque el relato de esas gestas heroicas es casi el único alimento que sirven en las escuelas cubanas.

CAE BATISTA

El régimen de Batista se deshacía. Ningún Gobierno medianamente digno habría sucumbido a una guerrilla tan precaria, pero opositores de todas las tendencias se echaron en brazos de Castro, que vio la oportunidad de marchar sobre La Habana. El 8 de enero de 1959, relata Kiko Méndez-Monasterio, las tropas revolucionarias de Fidel entraban en la capital de Cuba. Mientras Ernesto Che Guevara, el idealista de la boina, se encargaba de depurar (o sea, fusilar) a los primeros disidentes, Castro se hacía con el poder, se olvidaba de aquello de la libertad y proclamaba el partido único. Desde entonces sólo ha vivido para permanecer en él y apenas ha tenido tiempo para el bienestar de los cubanos.

Las nacionalizaciones de la primera hora le granjearon la enemistad de los estadounidenses, y aunque en un principio trató de amistarse con el gigante vecino (incluso hizo una gira por EUU), terminó echándose en brazos de los soviéticos. A esto contribuyó el desastre de la bahía de Cochinos, un plan de la CIA de los Kennedy. Aquello acabó en la Crisis de los Misiles. Nunca sabremos lo cerca que estuvo el mundo de una guerra nuclear cuando se enfrentaron el buenismo guerrillero de Fidel y el buenismo televisivo de JFK. Uno casi está tentado de creer que le debemos la paz al buen sentido de Kruschev.

NI LA CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN PUDO DERRIBARLO

Ahora que le ronda la Parca, al viejo guerrillero se le deben de aparecer, entre pesadillas, los camaradas que dejó caídos en la sierra y los gritos agónicos de sus presos torturados. Porque hay quien hace de resistir una victoria, y de eso es Fidel Castro el ejemplo semivivo. Nadie ha podido doblegarle: ni los disparates de los Kennedy, ni John Wayne Reagan, ni el ron con Coca-Cola, ni el estrépito jubiloso que hizo el Muro al derrumbarse. Hasta sobrevivió su poder a la visita del Papa polaco, que era todo un especialista en derretir socialismos con la mirada, como bien dice Kiko Méndez-Monasterio.Pero lo del Muro, si no lo derribó, al menos lo hizo tambalearse. Cuba sobrevivía gracias al apoyo militar y comercial de la Unión Soviética.

SOBREVIVIENDO GRACIAS AL TURISMO

Cuando se desvaneció su único aliado, la escasez se multiplicó en la isla, donde sólo el Ejército del partido y la policía reciben salarios dignos. El exilio hacia Miami ya no era sólo de disidentes políticos, sino de simples familias que carecían de lo imprescindible y que se arriesgaban para salvar las millas que las separaban de la libertad. Socialismo o muerte, dice la propaganda revolucionaria. Y como en el chiste, algunos preferían arriesgar lo segundo antes que seguir sufriendo lo primero. Pero Castro aguantó. Gracias al turismo, la isla salió más o menos adelante, mitad burdel, mitad bohío. Ahora ni siquiera los petrodólares de Chávez pueden mantener la revolución cubana, que se queda huérfana sin Fidel.

Del horroroso siglo XX sólo nos quedaban Castro y la penicilina. Se apaga el comandante sabiendo que con él su obra desaparece, y ahora hasta los antibióticos están perdiendo la batalla, que las bacterias se hacen más listas y más fuertes.

Autor

Luis Balcarce

Desde 2007 es Jefe de Redacción de Periodista Digital, uno de los diez digitales más leídos de España.

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