(PD).- A la vista de que funciona subir el tono frente al rival, la campaña electoral demócrata promete convertirse en una auténtica pelea a navajazos. Tanto Hillary Clinton como Barack Obama, después de asegurar formalmente que lo primero de todo es la victoria del Partido Demócrata, se han lanzado a una escalada de desprestigio mutuo de imprevisibles consecuencias.
Un 53% de los votantes de Ohio y un 55% de los de Tejas declararon en las encuestas que Clinton había desarrollado una campaña injustamente sucia contra Obama. Poco más del 30% pensaba lo contrario, pero fue la senadora de Nueva York la que se hizo con la victoria.
La lección para Obama era clara: hay que pasar al contraataque. En el último debate entre ambos, cuando Obama acariciaba ya un triunfo definitivo, evitó todos los cuerpo a cuerpo que le ofreció su rival. Y los votantes no lo consideraron un gesto elegante, sino un signo de debilidad.