Ingrid Betancourt: «Todos somos monstruos»

Ingrid Betancourt: "Todos somos monstruos"

(PD).- En una entrevista que publicaba este domingo The Sunday Times, la colombo-francesa Ingrid Betancourt revela algunas de las humillaciones y penas que vivió durante los más de seis años que permaneció cautiva en la selva, en manos de los narcoterropristas de las FARC.

Lúcida y serena, Betancourt rehúsa entrar en detalles sobre lo que le sucedió durante su secuestro, ya que hacerlo público, dice, la embrutecería.

«Ahora entiendo los campos de concentración, ahora entiendo a los Nazis. Toda esta tortura física y psicológica»

Sólo denunciará los hechos, aclara, «si sirve para enseñar algo a la gente», y no para castigar a sus carceleros. «Quiero que la gente entienda que todos, en el fondo de nuestro ser, podemos ser monstruos».

«Ellos lo decidían todo»

Betancourt recuerda sin embargo, un detalle que califica de «especialmente abominable». «Estaba atada a un árbol, tras mi quinto intento de escapar, y, al cabo de un rato, le pedí al guarda que me dejara ir al servicio. Él me dijo: Si quieres hacerlo, hazlo aquí, enfrente de mí».

«Pensé que antes moriría que hacer eso. Es algo pequeño comparado con lo que sufrí, pero, entiéndalo, ellos lo decidían todo», explica la ex candidata a la presidencia de Colombia, que fue liberada por el Ejército colombiano junto a otros 14 rehenes el pasado día 2.

Betancourt recuerda su alegría cuando estaba a bordo del helicóptero que la llevaría de vuelta a casa, aunque, al mismo tiempo, no pudo evitar sentimientos fatalistas, como que «iba a estrellarse».

También cuenta que memorizó el código disciplinario de la guerrilla y a menudo presentaba reclamaciones al comandante conocido como «Gafas», un hombre con «una creativa capacidad para el horror».

«Cuando le miré -relata- pensé: ahora entiendo los campos de concentración, ahora entiendo a los Nazis. Toda esta tortura física y psicológica».

La solidaridad de las guerrilleras

Durante los tres primeros años de cautiverio, sus carceleros la obligaron a llevar una pesada cadena con candado en el cuello, además de atarla a árboles repetidamente.

Aun en esas circunstancias, la ex rehén expresa simpatía por la adolescentes guerrilleras, que le mostraron solidaridad en «un mundo donde el amor no existe», como darle a escondidas una horquilla para el pelo que el comandante le había negado. «Son esclavas – explica. Tan pequeñas y trabajan tanto o más que los hombres».

Betancourt explica cómo al enterarse casualmente de la muerte de su padre, al encontrar un periódico que había servido para envolver una col, tuvo sentimientos casi suicidas.

En contraste, oír por la radio cada día a las cinco de la mañana mensajes de su madre y sus dos hijos, Melanie y Lorenzo, le infundía una gran fuerza.

«No creo que regrese pronto»

El pasado agosto, su salud se deterioró mucho, y pensó que no iba a sobrevivir, recuerda en la entrevista.

Sufría de malaria y una infección intestinal con muchas complicaciones, además de haber sido infectada de hepatitis B.

Negada de ayuda por sus captores, que rechazaron proporcionarle medicinas, aceptó que iba a morir, por lo que hizo un repaso de su vida, «pidiendo perdón y perdonando», y valoró la muerte como la mejor opción, ya que entraría en «un mundo mucho mejor que éste».

Gracias a la ayuda de otro rehén, el cabo del Ejército colombiano William Pérez, que le dio medicamentos y comida, se recuperó.

Betancourt rememora la alegría de reencontrarse con su madre y sus hijos, a los que dijo que iba a ser como un chicle, «pegada a ellos» todo el día.

Sobre su futuro, la ex política señala que no quiere hacer nada que hiera a su familia, que le ha expresado su oposición a que regrese a Colombia, donde temen que pueda ser asesinada.

«Dicen que tienen derecho a decidir porque han sufrido mucho y no quieren estar por fin tocando la felicidad para que de pronto yo sea asesinada. Tienen miedo», cuenta.

«Tengo que ser cuidadosa con ellos, porque han luchado mucho. No creo que regrese pronto», afirma.

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