Nunca me sentí avergonzada y nunca tuve miedo de decir algo inapropiado.

La historia de la cachonda que tenía un esclavo sexual y que se sentaba sobre su cara

Ningún otro hombre se había entregado a mí como lo hizo Andrew en esas tres semanas, y me fascinó

La historia de la cachonda que tenía un esclavo sexual y que se sentaba sobre su cara
Amor, sexo, placer y erotismo. XY

Me preguntó por qué estaba en contra de la violencia y la humillación. En ese momento, respondí que no sabía pero que no me sentía a gusto

La historia, curiosa cuando menos, la escribe Alinson Stevenson en ‘Vice‘, y queda como sigue:

«En diciembre del año pasado escribí un artículo sobre mi primera experiencia con un esclavo sexual. Tenía sentimientos encontrados sobre el asunto de las parejas sumisas. No me agradaba la idea de los látigos y las nalgadas, pero la verdad es que me encanta que me adoren y que laven mis trastos.

Después de cortar con mi esclavo sexual, me quedé con la duda de si era posible o no ser parte de esa comunidad sin necesidad de insultar a todos los hombres y golpearlos por desobedecerme. Traté de conocer a alguien por medio de Fetlife pero lo único que conseguí fue una bandeja llena de mensajes de caballeros que me rogaban que los penetrara con un dildo o que me proponían ser la estrella de mi propia violación grupal. Al final decidí cerrar mi cuenta. Estaba a punto de darme por vencida cuando una amiga sugirió que lo intentara en OkCupid.

Ya tenía una cuenta en OkCupid pero no me había ayudado a encontrar ningún esclavo sexual. Decidí que lo mejor era crear otra cuenta. Esta vez utilicé como imagen de perfil una foto que no muestra mi rostro pero sí mi cuerpo posando frente a un espejo que alguien acababa de manchar con vómito. Escribí en mi biografía que buscaba a una persona sumisa que le gustaran las mismas cosas que a mí: elogios, alabanzas, propiedad genital y servidumbre. Aclaré que no estaba a favor de la humillación ni de la violencia física.

Para mi sorpresa, recibí cientos de mensajes en tan sólo unas horas. Los interesados eran hombres de todo tipo. Muchos ignoraron casi todo mi perfil y creyeron que solo quería sexo, una necesidad que amablemente se ofrecieron a satisfacer. Tuve que deshacerme de los candidatos más intensos. El resto eran chicos que decían que les daba mucha curiosidad pero nunca lo habían intentado.

En poco tiempo conseguí 10 números telefónicos, algo que no había podido hacer en todo un año con mi otro perfil. Pero claro, en el mundo de las citas por internet, diez números telefónicos no equivalen a diez citas reales. Después de intercambiar números, el siguiente paso es tener pláticas incómodas por mensajes durante varios días. Por último, haces planes para salir la próxima semana o algo por el estilo pero al final alguno de los dos cancela. Debo aceptar que he llegado a cancelar en último momento sólo porque no tenía ganas de bañarme o estaba viendo una serie en Netflix (o las dos).

Al final sólo programé dos citas. Jason, uno de los candidatos, me contó que tenía 11 hermanos y le dije que sus padres estaban locos. Nunca volvimos a hablar. El otro chico se llamaba Zach y me pareció agradable pero no hubo chispa.

Con o sin chispa, lo invité a mi casa y me senté en su cara. Qué demonios. Apenas habían pasado algunos minutos cuando le dio un ataque de pánico. Le dije que colocara su cabeza entre sus rodillas y le ofrecí un poco de agua. Cuando recobró la calma, se disculpó y se fue a casa. Toda esa noche me la pasé observando mi vagina mientras me preguntaba qué trauma le pudo haber recordado. ¿Acaso se perdió en una cueva? ¿O quedó traumando al nacer? ¿O quizá se comió un sándwich que le hizo daño? Pero ya no tenía importancia. Después de lo de Zach, lo único que me quedaba hacer con mi segundo perfil era lo mismo que con el primero: darme por vencida.

Dos semanas después volví a abrir mi perfil y me di cuenta que tenía un mensaje de Andrew.

Andrew acababa de terminar la universidad y vivía en California, EU. Había regresado a Los Ángeles para visitar su ciudad natal y sólo se iba a quedar unas cuantas semanas. Me envió un mensaje muy largo donde explicaba que le encantaría estar a mi disposición mientras estuviera ahí. Nos vimos esa misma noche.

Andrew se parecía a todos los tipos con los que había tenido sexo: alto, delgado y torpe. Y le gustaba usar suéteres. Me encantó. Me invitó un trago y de inmediato empezamos a platicar sobre los detalles. Teníamos que establecer los límites de lo que queríamos y de lo que no queríamos. Fue la conversación más rara que he tenido en los primeros 10 minutos de una primera cita. Pensándolo bien, creo que es lo que se debería hacer en todas las primeras citas, sin importar si hay o no un fetiche de por medio. Prácticamente sólo repetí lo que había escrito en mi perfil y él repitió que sólo estaría unas semanas en la ciudad. También me contó que había una chica que lo dominaba en donde vivía. De hecho, tuvo que pedirle permiso para salir conmigo. Según esto, la chica accedió porque yo no tenía planes lastimarlo físicamente. Eso era «su especialidad».

Por tres semanas, Andrew fue a mi casa casi todos los días e hizo todo lo que le pedí. Me hacía de comer, ponía la mesa, me servía y después limpiaba todo. A menudo le dejaba una lista de tareas pendientes, como doblar mi ropa o hacer el súper. También me llevaba a donde tenía que ir, me esperaba en el auto y esperaba hasta que saliera para llevarme a casa. Al principio me pidió que lo dejara bañarme pero no me tallaba muy bien la cabeza y usaba demasiado jabón. En vez de eso, le pedí que me untara crema y me diera un masaje al salir de la ducha.

Con frecuencia pedía mi autorización para masturbarse después de mis masajes. Siempre le decía que sí y seguía haciendo mis cosas mientras él se masturbaba en la cama. Sentía su mirada pero no le hacía caso. Sólo seguía cepillándome el cabello o escogiendo qué ponerme. Él se excitaba al saber que su placer no me interesaba en lo absoluto. Solía pedirme permiso para eyacular y cuando le decía que sí, me decía «gracias» en voz alta muchas veces hasta sacarlo todo. Tenía que quedarse acostado y esperar hasta que yo terminara de hacer mis cosas para poder limpiarse el estómago y el pecho.

Sólo una vez tuvimos sexo con penetración. En general, lo único que hacía era sentarme en su cara mientras se masturbaba. Cada que se quedaba a dormir, me pedía quedarse en el piso. Yo dormía en mi cama y cuando me despertaba, él ya estaba preparando mi desayuno. Si no estábamos juntos, me enviaba esta clase de mensajes: «Buenos días, mi diosa. Desperté pensando en ti. Espero que me permitas estar a tu servicio el día de hoy», o «Me excita mucho pensar en ti. Quiero arrodillarme y lamerte el culo».

El nivel de confianza que tenía con Andrew era único. Nunca me sentí avergonzada y nunca tuve miedo de decir algo inapropiado. Ningún otro hombre se había entregado a mí como lo hizo Andrew en esas tres semanas, y me fascinó. Él estaba tan excitado por servirme como yo lo estaba porque hubiera alguien sirviéndome. Nada se sentía forzado. Era la primera vez que podía ser yo misma con mi pareja.

En nuestra primera cita, Andrew me preguntó por qué estaba en contra de la violencia y la humillación. En ese momento, respondí que no sabía pero que no me sentía a gusto. Ahora ya lo sé: no deseo a un hombre sumiso que sirva a una mujer porque cree que está haciendo algo «malo». Andrew fue capaz de adorarme y elogiarme sin necesidad de ese elemento. Ahora me doy cuenta de que lo que tuvimos fue muy especial. Nuestra dinámica de dominación y sumisión se desarrollaba más a un nivel psicológico que físico. No sé si pueda vivir con otro hombre lo mismo que viví con Andrew, pero estoy segura de que me gustaría intentarlo».

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