Narcotráfico

El vía crucis de la viuda de Pablo Escobar para llegar a Argentina

Victoria Eugenia Henao requirió de una falsa identidad, pasar por prisión y por la condena social

El vía crucis de la viuda de Pablo Escobar para llegar a Argentina
La viuda de Pablo Escobar

Editorial Planeta publicó el libro «Pablo Escobar: mi vida y mi cárcel», de Victoria Eugenia Henao, la viuda del capo narco colombiano. En el texto, cuenta cómo fueron sus años al lado del narcotraficante más peligroso del mundo. (La viuda de Pablo Escobar confiesa que el capo de la droga abusó sexualmente de ella a los 14 años)

A continuación un fragmento del capítulo 10 completo, titulado «Argentina: una segunda oportunidad»:

En el primer receso llamé a la casa como siempre lo hacía cuando iba a clase de coaching por las noches, pero esta vez nadie contestó a pesar de que allá estaban mi madre, Juana y la enfermera. Aunque me pareció raro, decidí esperar que terminara la jornada. No podía concentrarme porque desde el fin de semana estaba preocupada por las llamadas amenazantes de los abogados del contador, quienes decían que si no nos íbamos de Argentina y les dejábamos todo, revelarían nuestras nuevas identidades.


Finalmente dieron las once de la noche y la clase terminó. Insistí en llamar a casa, pero seguían sin contestar. Una compañera se ofreció a llevarme y me dejó en la entrada principal del edificio de la calle Jaramillo 2010, del barrio de Núñez, al norte de Buenos Aires, donde vivíamos hacía dos años. Subí al apartamento 17N, pero cuando toqué el timbre la empleada se asomó por la puerta lateral, no la principal, e hizo señas desesperadas para que me fuera.

Di media vuelta y caminé hacia el elevador, pero uno de mis perros se salió. Lo alcé y bajé asustada al primer piso. En el hall del edificio lo único que se me ocurrió fue entrar al salón social y meterme a uno de los baños. Saqué el celular y llamé a la notaria. (Violación y aborto: el cruel delito que calló por más de 44 años Victoria Henao, la viuda de Pablo Escobar)

Algo raro está pasando en mi apartamento, le dije angustiadísima. La empleada me dijo que me fuera. No sé quiénes están, por favor llama al abogado y que avise en Colombia por si nos pasa algo. He tratado de llamarlo varias veces, pero no contesta. Por favor, ayúdame-.

Colgué y en medio de la tribulación decidí que lo mejor era salir del edificio por la puerta trasera. Cuando llegué a la salida le timbré varias veces al portero, pero no abría. Insistí, pero en segundos estaba rodeada de policías federales que gritaban:

-¡Alto ahí! ¡Las armas! ¡Las armas!-.

-¿Cuáles armas?, respondí aterrada. Es un perro y mi maletín-.

Les mostré que solo llevaba libros y papeles. Ahí me di cuenta de que estaban más asustados que yo.

-Subamos al apartamento señora, dijeron sin dejar de apuntarme-.

Cuando entré, vaya sorpresa la que me llevé. Varios policías llevaban algunas horas esculcando y buscando «algo» que realmente no sabían qué era. Mi mamá, de visita en aquellos días, estaba aterrada. Juana, que justo había invitado a una amiga aquella noche a dormir en casa, estaba en su cuarto sin entender lo que pasaba. Ángeles y Sebastián -que habían llegado hacía poco porque los había invitado a cenar- vigilaban a los policías mientras hacían la requisa, para evitar que no fueran a meter droga en algún lugar y luego dijeran que la habían encontrado en casa. Ya varios casos de ese tipo se habían dado en Argentina.

Le pregunté a Sebastián qué pasaba y uno de los policías respondió que estábamos detenidos por falsedad de documentos. Los agentes no sabían muy bien qué hacer, pedían un papel y luego otro, pero se notaba que no tenían claro el objetivo de todo aquello. En ese momento me calmé un poco y dije que me iba a bañar y a cambiarme de ropa. Me encerré de nuevo en el baño y volví a llamar a la notaria y al abogado.

Alisté algo de dinero, mis documentos y mi cepillo de dientes y me dispuse para irnos. Después de varias horas de allanamiento, me dijeron que no me asustara, que era solo una indagación. Me preocupaba más la angustia por la que estaban pasando mi mamá y Juana, y cómo íbamos a explicarle a los papás de la amiga de mi hija la presencia de la policía en casa. Pensé en el contador. Sin duda estaba detrás de todo aquello. ¿Hasta dónde llegaba la codicia desmedida de una persona a la que no le importaba destruir una familia por dinero?

Mientras aquello sucedía, en la televisión transmitían en directo la detención de «La viuda blanca». Todos los canales daban la noticia de último minuto.

Ángeles se despidió de Sebastián muy afligida porque la policía no quiso contestarle adónde nos trasladaban. Enseguida bajamos. Nos metieron en patrullas separadas y nos llevaron, manejando como locos y en contravía por la avenida Libertador, a la Unidad Antiterrorista de la Policía Federal Argentina, Cavia 3302 Buenos Aires, cerca de la avenida Figueroa Alcorta. A las patrullas las seguían un sinnúmero de carros que hacían sonar sus sirenas; parecía una película. Ángeles envió a la empleada de servicio en un taxi para poder saber dónde nos dejaban.

Sebastián me contó que estuvo a punto de lanzarse del carro porque temía que no fueran policías de verdad, pues el primero que se le acercó a notificarlo de que quedaba detenido estaba en evidente estado de embriaguez y su chapa de policía era de tan mala calidad que parecía falsa.

Después de discutir con los agentes sobre qué identidades anotarían en su registro de ingreso de detenidos, nos quitaron el dinero, los papeles y el cepillo de dientes. Nos querían obligar a firmar con nuestros nombres originales, Escobar Henao, mientras mi hijo y yo les decíamos que nuestra identidad legal era la actual, Marroquín Santos. Si firmábamos con nuestros antiguos nombres, eso sí podría ser considerado falsedad de documentos. Eran cerca de las cinco de la mañana del 16 de noviembre de 1999. Enseguida nos metieron en unas celdas con barrotes, piso de cemento, amplias. Cada uno en una.

Yo estaba tranquila en cuanto a lo de falsedad de documento porque el cambio de identidades había sido legal en Colombia. Además, yo era la estafada y extorsionada por el contador y sus abogados y ya los había denunciado. Si éramos las víctimas, ¿por qué estábamos encerrados?

De manera que creí que aquello solo iba a ser un trámite de tres días, a lo mucho. No tenía idea de lo que se nos venía encima. La luna de miel que había comenzado cuando llegamos a Argentina, estaba a punto de terminar.

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