Pablo Larraín «desideologiza» el golpe de Estado chileno en La Mostra

Pablo Larraín "desideologiza" el golpe de Estado chileno en La Mostra

Vista general del Palazzo del Cinema en el Lido, donde se celebra el 67º Festival Internacional de Cine de Venecia (Italia), hoy, 5 de septiembre de 2010. EFE

EFE/Archivo

El realizador chileno Pablo Larraín impactó hoy en el Festival de Cine de Venecia con «Post Mortem», una gélida autopsia del golpe de Estado vivido en Chile en 1973, en una jornada en la que recibió excelentes críticas «Meek’s Cutoff», un western sostenido de la muy «indie» Kelly Reichardt.

Larraín nació en 1976 y, en consecuencia, no vivió el acontecimiento que más ha marcado la Historia de su país. «Es una materia que me interesa porque no logro comprender. No está resuelta desde mi perspectiva y esa no resolución me hace ir a ese lugar», explicó hoy en Venecia, quien repite telón de fondo para su cine tras «Tony Manero».

Ahora su visión del derrocamiento de Salvador Allende y el ascenso al poder de Augusto Pinochet «transita lo desideologizado», pues es «la historia de un ser humano que está profundamente enamorado, y cuya historia tiene una tensión con la Historia de Chile», describió.

Y juega con el lenguaje, la vida y la muerte hasta crear «un espacio que no está en la lógica narrativa. Es más ambivalente y más vivo», explicó el cineasta sobre este filme, producido entre Chile, México y Alemania, que fue recibido con más congoja que aplauso.

El responsable de esa traumática sensación fue Mario Cornejo, el introspectivo y cincuentón ayudante del hospital forense militar de Santiago de Chile, interpretado por Alfredo Castro, que compatibiliza las riadas de muertos que llegaron al hospital en las horas posteriores al 11 de septiembre de 1973 con la obsesión amorosa que siente por su vecina, a quien da vida Antonia Zegert.

«Es un hombre que trabaja con la muerte y que ve en el cuerpo de una mujer otra muerte que le atrae», explicó Castro.

Y entre los cuerpos diseccionados por el forense y catalogados por Cornejo, estará el del mismísimo presidente derrocado, en una escena rodada «en el mismo lugar, en la misma cama, con la misma luz y los mismos instrumentos» que entonces. Y, entonces, también el verdadero Mario Cornejo estaba allí.

«No pedí permiso a la familia Allende para rodar esta escena, porque Salvador Allende es una figura universal, que está en nuestra cultura y nos pertenece a todos», afirmó Larraín.

Y sobre la moral de su personaje argumentó: «No me atrae el cine donde todo está moralmente calificado. Yo quiero mucho a mis personajes, tiendo a comprenderlos. Esta película requiere un análisis más complejo, porque Mario no es un cobarde. Y lo que alguien considera feísmo yo lo considero belleza», respondió.

La belleza, en un sentido más ortodoxo, era también un elemento importante y unánimemente aplaudido en el filme estadounidense «Meek’s Cutoff», de la segunda y última directora en concurso: Kelly Reichardt, quien filma este minimalista western con un prisma muy poético, casi pictórico.

Nombre en alza en los círculos independientes tras su anterior filme, «Wendy & Lucy», Reichardt mira de manera insobornable al género estadounidense por excelencia y se rodea de Michelle Williams y Bruce Greenwood.

Basándose en «los diarios de mujeres que vivieron la conquista del Oeste», evita el cliché de un género tradicionalmente viril. «Ellas hablaban de trabajo, paisajes espaciosos y mucha quietud. Y quise demostrar que la quietud puede funcionar de manera dramática», explicó.

«Meek’s Cutoff» sitúa a una caravana descarriada en medio del desierto de Oregón y su errar agonizante por el páramo. A falta de agua, manará entre los personajes un sutil discurso filosófico.

«Para los primeros conquistadores, el Oeste era como un nuevo edén, tenía un aura no terrenal», afirmó la directora, y «Meek’s Cutoff» mezcla a la perfección lo altamente espiritual con lo profundamente humano.

Finalmente, en una Mostra que apuesta por la apertura a géneros poco festivales, no podía faltar la acción y ésta llegó de China. El maestro Tsui Hark orquesta una monumental intriga histórica en el siglo VII durante la dinastía Tang y le pone un ampuloso título: «Detective Dee and the Mistery of the Phantom Flame».

Pese a la irrelevancia general del filme, Hark consigue diseñar tan minuciosamente cada escena que mantiene el interés, sorprende al espectador y demuestra que su cinta es algo más que un simple cuento chino.

Por Mateo Sancho Cardiel

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