Estados Unidos

El fatídico encuentro entre el jefe de la DEA y el mafioso John Gotti: Espionaje, asesinatos y droga

El fatídico encuentro entre el jefe de la DEA y el mafioso John Gotti: Espionaje, asesinatos y droga
John Gotti

La Agencia para el Control de Drogas (DEA) está llena de historias idóneas para una película. Por ejemplo, en 1989 el director de la oficina en Nueva York, Robert Stutman, se presentó en el domicilio de John Gotti, cabeza de la familia mafiosa Gambino, una de las cinco que componían la Cosa Nostra de la ciudad junto con Bonanno, Colombo, Genovese y Lucchese. (Detienen a un agente latino de la DEA por narcotráfico internacional)

—John, ¿sabes quien soy?
—Msé.
—Estamos muy encima de tu gente. Si haces lo correcto, la presión disminuirá.

En un breve silencio, Stutman le preguntó:
—¿Entiendes?
—Sí, entiendo —le respondió el padrino.

Pocos meses antes el agente de la DEA Everett Hatcher había sido asesinado por una lluvia de balas en una calle desolada de Staten Island. Las pistas no habían conducido a mucho, excepto a establecer que la mafia estaba detrás del crimen. «Sentía que tenía que hacer algo», dijo Stutman a The New York Post a 30 años del homicidio. ( El ahijado de ‘El Chapo’ se va patas abajo y decide entregarse a la DEA)

Semanas después de que el agente anti-narcóticos golpeara a la puerta de Gotti, Constabile Gus Farace, sicario integrante de la familia delictiva de los Bonanno, cayó muerto en Bensonhurst, Brooklyn.

En 1997 James Galione y Mario Gallo se declararon culpables del asesinato de Farace. La fiscalía estableció que eran parte de la red de los Bonanno, y que habían recibido la orden de matarlo.

«No le pedí a nadie que lo matara», dijo Stutman. «Esperábamos que nos lo entregaran». Nunca supo si el don de los Gambino pidió el favor a su grupo rival. «Ni idea. Nunca volví a hablar con Gotti, y él nunca nos dijo».

Según evaluó Selwyn Raab, historiador de la mafia, es posible que La Famiglia haya querido ver muerto a Farace y considerase que sus intereses se alineaban con los de la DEA: «Hay una regla no escrita: no hay que matar a un agente del orden a menos que sea corrupto». De lo contrario, quien lo haga se garantizaría la vigilancia constante.

El homicidio de Hatcher dejó huellas. «Hasta el día de hoy me siento culpable, porque yo era su jefe», dijo Stutman al periódico. «Mi padre me marcó. Era un modelo y sin dudas es una de las razones por las cuales me convertí en oficial», dijo Zach Hatcher, quien tenía nueve años cuando mataron a su padre y hoy trabaja en el Departamento de Defensa.

Todavía se ignora qué sucedió exactamente en el encuentro entre Hatcher, que tenía 46 años, y Farace, de 28. El agente de la DEA, que estaba encubierto, dijo que iba a hablar con el hombre que era parte de su investigación sobre un futuro negocio con cocaína. Era la cuarta vez que lo veía, ya que Hatcher intentaba integrarse a los Bonanno para lograr acceso al capo de la familia a cargo del narcotráfico, Gerard Chilli. Era el 28 de febrero de 1989.

Hatcher se había ofrecido a infiltrarse en el grupo. «Era sólo un encuentro», recordó Stutman. «Nadie esperaba problemas». Así que Hatchet no fue armado; en cambio, llevaba un micrófono que les permitía escuchar todo a cinco agentes que estaban en las inmediaciones para identificar cualquier problema.

Minutos después de saludar a Farace, Hatcher envió un mensaje codificado: «Nos vamos a encontrar en una cafetería a unos tres kilómetros de acá». Los agentes salieron detrás de su Buick, que a su vez seguía la camioneta de Farace. Pero perdieron el contacto de radio primero, y luego dejaron de ver los vehículos en el tránsito.

Tras una hora de búsqueda, encontraron el automóvil con el motor encendido, y dentro de él a Hatcher, muerto, con el pie en el freno. Tenía cuatro balas en la cabeza y los hombros. El micrófono que llevaba no había sido hallado.

La respuesta al asesinato del primer agente de la DEA en 17 años fue rápida y enorme. Más de 400 agentes de la región de Nueva York comenzaron a rastrear a Farace: Stutman canceló todas las demás investigaciones. También postergó su retiro. En un mes siguieron más de 1.000 pistas, pero aunque presionaron a las cinco familias, Farace no aparecía.

«Los ecos de esos cuatro disparos se escucharon en Washington y, más importante, en todo el país, donde los hombres y las mujeres decentes comparten el sentimiento de pérdida e indignación», dijo el presidente George W.H. Bush al visitar la ciudad.

El alcalde Ed Koch ofreció USD 10.000 por pistas que condujeran a Farace; el grupo privado CopShot ofreció otros USD 10.000 de recompensa. Tres semanas después del asesinato, Farace ingresó a la lista de los 10 más buscados del FBI, con una promesa de recompensa descomunal: USD 250.000.

Pero Farace había desaparecido de la faz de la tierra.

En mayo, por medio de un primo del sospechoso, se encontró el arma homicida, un Magnum .357. El caso, no obstante, siguió sin novedades.

Hasta que, luego de la conversación entre Stutman y Gotti, un tiroteo en Brooklyn dejó un muerto y un herido. El muerto era Farace.

Aunque en público condenó el episodio, en privado Stutman se sintió reivindicado, según el Post: «Cuando dije que lamentaba que lo hubieran matado, que habría preferido verlo enjuiciado, me habían dicho que lo declarase», confesó al periódico en 1992. «Me alegró que lo mataran».

 

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