HAMBRE Y REPRESIÓN EN EL INFIERNO CHAVISTA

‘Gira’, la elefanta más famosa de Venezuela, ha muerto de hambre

'Gira', la elefanta más famosa de Venezuela, ha muerto de hambre
La elefanta 'Gira', ya esquelética. EP

Ha muerto de hambre Gira, la elefanta venezolana del Zoo de Barquisimeto (Comienzan los saqueos en Caracas: «Maduro no sirve, tenemos hambre coño»).

El Parque Zoológico y Botánico Bararida, en el estado Lara, anunció en sus redes sociales la pérdida de dos de sus animales más queridos: la elefante Gira y el pony Indio (Guaidó de acuerdo con el exilio en España de funcionarios chavistas que abandonen al dictador).

Ambos ejemplares fallecieron el jueves 28 de febrero de 2019 y según el comunicado oficial, ya habían alcanzado sus expectativas de vida en cautiverio, pero todo indica que la causa ha sido la falta de alimento (Grafitean el lujoso edificio comprado por empresarios chavistas en Madrid: «No tendrán donde esconderse»).

Dicen las autoridades del Zoo, temerosas de que los esbirros chavistas se les echen encima, que realizarán la necropsia para conocer las causas de los fallecimientos, pero los cada día más depauperados venezolanos lo tienen claro: los animales estaban esqueléticos, muy al estilo del común de la ciudadanía que ha perdido 8 kilos de media en los últimos meses.

Escribe Carles Cols en ‘El Periódico’ que si ‘Gira’ no ha fallecido de hambre, si de muy mal comer, como ‘Ruperta’ hace un año en el infierno de Maduro, otra paquiderma icónica y desgraciada, a la que parece que se llevó por delante una imprudente dieta a base solo de calabaza, un laxante natural de aúpa (La selección de Venezuela declara su apoyo a Juan Guaidó y vence a Argentina).

De la situación en los zoos venezolanos se habla poco, lo cual es lógico con la que está cayendo, las personas primero, salvo si se interpreta que los elefantes son la punta de un iceberg (El papel de Hezbolá en la Venezuela chavista y el miedo de EEUU a que acabe peor).

Bajo la línea de flotación se esconden, parece, sacrificios furtivos de animales por parte de vecinos y trabajadores para llenar la nevera y hasta casos de santería.

Surbaya Carles Cols que en su relato no contiene nombres y apellidos por expresa petición de las fuentes informantes, en su mayor parte biólogos, veterinarios y empleados de la red de parques zoológicos de Venezuela.

No están para ser gacelas de una cacería represora. A todos ellos, gracias de antemano. Llega, además, con retraso.

‘Gira’, la última elefanta en morir, tras nueve días de sospechoso ayuno, resopló por su trompa por última vez el pasado 28 de febrero, pero desde entonces los cortes en el suministro eléctrico en el país dificultaron enormemente las comunicaciones.

No era posible ni cargar los teléfonos móviles, se excusó una de las fuentes consultadas, muy sensata, por cierto.

Invitó a no creer con candidez todo cuanto se cuenta en la prensa venezolana, como que en el país se comen ya hasta lo jaguares, pero reconoció que recientemente apareció en mitad de una calle la cabeza aún tierna de un ejemplar de esta especie. Solo la cabeza.

¿Nevera o rituales? «Desde que empezaron a llegar cubanos a Venezuela, se disparó a santería», dice una de estas fuentes.

Es más, recuerda que mientras trabajó en un zoológico del país venían a menudo al parque gente extraña en busca de colmillos, pelo o incluso tarros de orina de grandes felinos con propósitos mágicos.

Las víctimas de la situación son de una gran variedad de especies. En Zulia, dio pena por la mañana descubrir un tapir fileteado dentro de su propia jaula.

Los animales de granja, claro, fueron de los primeros en caer, cerdos vietnamitas, cabras, gallinas… Después, cualquier herbívoro pasó potencialmente a ser apto como menú de los carnívoros. Vamos, el pandemonium en en el arca de Noé.

Una de las fuentes consultadas desea contextualizar tan chacinera descripción. El problema, dice, viene de lejos. Hace años que el chavismo ha puesto al frente de los zoos a funcionarios arribistas pésimamente cualificados.

O sea, que a la escasez general hay que sumar en el caso de los zoos una negligente gestión de los parques, que se mide por e número de costillas que se les pueden contar a los mamíferos en exhibición.

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