La mexicana contó cómo la organización le arruinó la vida

«Me ahorcaba cuando estaba embarazada»: Así eran los abusos a los miembros de ‘La Luz del Mundo’

"Me ahorcaba cuando estaba embarazada": Así eran los abusos a los miembros de 'La Luz del Mundo'
'La Luz del Mundo' PD

Una valiente mujer cuenta cómo eran los abusos a los que era sometida en ‘La Luz del Mundo’. Camila toma cuatro pastillas al día. Sabe que una dosis elevada de Prazosin –un medicamento que se receta a hipertensos–  resulta efectiva para mitigar las pesadillas que le provoca el síndrome de estrés postraumático. Clonazepam le es útil para calmar la ansiedad y combatir el insomnio. Trata la depresión severa con Zoloft. Todavía tiembla cuando pasa por delante del templo de La Luz del Mundo al que solía acudir.

No quiere dar su verdadero nombre pero se atreve a dar la cara. Tiene 36 años y el historial de abusos que relata comenzó en su infancia, en Fresno, California. A su padre no le gustaba usar sus propias manos para castigarla. Usaba los cables de la plancha, ramas de árboles o el cinturón: “Siempre era con cosas. Nunca era como una nalgada o algo así, sino que siempre tenía que ser algo más”.

Camila se lleva la mano al rostro al recordarlo: “A veces me sangraba la cara, se me hinchaban los labios. Yo tenia miedo, corría y le pedía por favor que no me pegara”. Cuando tenía 11 años, su familia ingresó en La Luz del Mundo. Bautizaron a su padre, a su madrastra y a su hermana y, unos años más tarde, también ella fue bautizada. Pero no le gustaba ir a la iglesia, “íbamos tres veces al día, yo no sabía por qué había que orarle tanto al Apóstol, las hermanas lloraban mucho, gritaban y era muy desagradable para mí”.

La Luz del Mundo es una iglesia fundamentalista cristiana fundada en 1926 en Guadalajara, México, por un militar que combatió en la revolución mexicana, Eusebio Joaquín González, autoproclamado ‘Apóstol Aarón’.

González dijo haber recibido una visión divina en la que Dios lo llamó para hacer revivir la iglesia al estilo de los primeros cristianos. Los fieles visten de manera conservadora. Los hombres usan el cabello corto y las mujeres portan un velo sobre sus cabezas y visten ropas recatadas.

Camila tenía que levantarse a las 4:30 de la mañana para asistir a las misas “para darle gusto al Apóstol, porque eso es lo que Dios quiere”, le decían. En aquella época, el Apóstol de La Luz del Mundo era Samuel Joaquín García, el padre del actual líder, Naasón Joaquín García.

Fue a decirle al pastor de la iglesia que su papá le pegaba, “pero nunca le importó nada. Me decía que si yo no quería ir a la iglesia, mi padre tenía que disciplinarme porque está en la palabra de Dios. Así que me sentía muy sola”.

“Cortan relaciones familiares con la oveja que sale del rebaño”

Camila decidió compartir su historia con otras personas que relataban vidas muy parecidas a la suya y que, igual que ella, habían decidido salir de La Luz del Mundo. Pero son pocos los que se atreven a dar el paso para dejar la iglesia. “Mucha gente de La Luz del Mundo nos está criticando, nos está acosando, nos está diciendo cosas que no son apropiadas”, denuncia Camila.

García Peña asegura que la iglesia respeta la decisión de los fieles que decidan abandonar el grupo: “no hay represalia, ni mucho menos”.

El teólogo Daniel Ramírez, profesor en la Universidad de Claremont, California, explica que aunque no haya castigo institucional “ser disidente es muy costoso, como lo ha sido para otros grupos sectarios como los Amish y los testigos de Jehová, donde cortan relaciones familiares con la oveja que sale del rebaño o dejan de patrocinar económicamente el negocio de un hermano excomulgado”.

Este mes, un grupo de exmiembros de la institución organizó una protesta en Los Ángeles contra La Luz del Mundo a la que acudieron una veintena de personas. Algunas, enmascaradas, denunciaron amenazas de muerte por parte de miembros activos de la iglesia. Lo peor para Camila es “que todos me hicieran sentir como si yo fuera la mala. Me hubiera gustado que no me hubieran forzado a casarme tan joven”.

Los años de abusos han dejado una huella psicológica en Camila que la incapacita para trabajar. A veces le vuelven los pensamientos negativos, por eso los médicos que la tratan la han incluido en una lista de monitoreo de personas en riesgo de suicidio. Todavía hoy recuerda el perfume que llevaba el primer hombre que la violó. “Ser violada por dos hombres de esa iglesia es un trauma que jamás superaré”.

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