El realto cotidiano de las atrocidades del régimen

Tras la puerta… en la Venezuela de Chavez, Maduro y las turbas bolivarianas

"Que la calle no calle, para que el mundo conozaca el horror que sufre el pueblo venezolano"

Tras la puerta... en la Venezuela de Chavez, Maduro y las turbas bolivarianas
Jóvenes protestan conta Maduro y el régimen chavista en Venezuela. VZ

Tras la puerta de aquella guarnición, llega "carne fresca", dice la 'oficiala' a los machos de su pelotón

Muchas cosas han ocurrido en las calles de toda Venezuela durante los últimos 18 días. Gracias a los ‘teléfonos inteligentes‘ han quedado las evidencias de algunas de las atrocidades que se han cometido.

Pero ¿qué pasa puertas adentro? Tras la puerta de las casas, de los edificios, de las guarniciones militares, de las comisarías policiales, de las conciencias de los venezolanos…

Esta es una serie de relatos cortos basados en verdaderas historias que han ocurrido puertas adentro. Y las que faltan. Y las que desconocemos. Y las que no sabremos nunca.

Treinta millones de historias. Treinta millones de silencios. Treinta millones de gritos.

  • Y tras la puerta… El dolor. El dolor hecho llanto. Hecho silencio. Hecho mirada. Hecho recuerdo. Hecho disparo. Hecho sangre. Hecho bandera. Hecho uniforme. Hecho memoria.
  • Tras la puerta principal de una casa de dos plantas en el interior del país, está la caraja de más o menos 36 años, con sus dos chamos (de 5 y 6), aterrada por el sonido de los perdigones (o los disparos, no sabe reconocerlos), acostada en el piso. Cada mano sobre la cabeza de un niño, como si fueran de acero los dedos, la piel, los huesos. Siguen las ráfagas, los gritos, las cacerolas, el olor a quemado, a lacrimógena, los disparos, los perdigones, los perdigones, los disparos. El terror se hizo presente en los cristales (esos vitrales q pintó su madre cuando aún no se sabía quién era Chávez). De acero se volvió su espalda y puso a los dos niños frente a ella. Caminaron rápido hasta otro cuarto. Se encerraron. Los tres solos en la casa de dos pisos en el interior del país. Tras la puerta de aquel cuarto se apilaron todas las oraciones, los miedos, las lágrimas, la Fe, el valor infinito de una madre para proteger a sus hijos del terror. Hasta que se durmieron.
  • Tras la puerta del edificio, en Altamira, se esconden los estudiantes perseguidos por la Guardia. Corrieron por las escaleras, desesperados, aterrados. El cuerpo castrense venía detrás. Tocaban timbres, puertas, rejas, paredes y conciencias. Estas últimas les permitieron pasar. Se escondieron. No podían casi respirar, pero lloraban, ocultos, debajo de las camas, detrás de las neveras, en los armarios, en las duchas y en los balcones. Eran decenas de Ana Frank. La Guardia se arrechó y lanzó perdigonazos y bombas dentro del edificio. Se llevó a unos cuantos, los más lentos, los más cansados, los que no lograron esconderse (no todo el mundo tiene la misma suerte).
  • Tras la puerta de aquella guarnición, llega «carne fresca», dice la ‘oficiala’ a los machos de su pelotón. Muchachas con las camisas rotas (‘Hay un camino’ hacia el dantesco infierno de la perversión) son lanzadas como comida a los uniformados. Patadas. Patadas. Patadas. Rolazos. Cachazos. Sentarse en pozos de agua. ‘El que se duerma pierde’ (burlándose de la consigna de Leopoldo López). Amenazas. Escupitajos. Gasolina corría por sus cuerpos. Golpes con los cascos hasta romperlos. Sadismo y putrefacción. Un pantalón cayéndose es la oportunidad perfecta para la mayor humillación: Posición fetal para q se asome la raja. Y el fusil entró.
  • Tras la puerta de la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital (o de la clínica, da igual) médicos y enfermeros luchan por la vida de esa muchacha (o del muchacho, o del señor… en definitiva, de ese venezolano). Sangre. Mucha sangre. Después de todo, a los profesionales de la salud los preparan para ver correr la sangre (aunque no puedan recogerla), pero al resto de los civiles no. Nadie sabe qué hacer con tanta sangre. Bisturí. Operación de cráneo. De ojo. De cráneo. De cráneo (es que son muchos los disparos en la cabeza, los perdigones en la cara). Los diagnósticos: Pérdida de un ojo tras recibir perdigones en la cara (y luego la muerte). Muerte cerebral tras ser golpeado por la GN (y luego la muerte). Triple fractura de cráneo tras ser atropellado en una marcha (y luego la muerte). Hay quienes no corrieron con la suerte de llegar al hospital (o a la clínica, da igual). Y luego la muerte.
  • Tras la puerta de esa pequeña oficina, un grupo de abogados y de voluntarios anotan nombres y números de cédula. Y buscan. Y buscan. Y buscan. Cristina llora dos lágrimas, se las seca, respira profundo y se sienta nuevamente a la computadora, frente a su Excel, meticulosamente. Nombre. Cédula. Dónde fue visto por última vez. Estatus. Suena el teléfono. Madre desesperada. Llanto histérico del otro lado del auricular. «¡No lo consigo! ¡Por favor ayúdenme! ¡¿Y si me lo mataron?!» Cristina traga grueso. Sabe que es una triste posibilidad. -Señora, dígame el nombre. Teléfono descolgado.
  • Tras la puerta de la morgue el dolor eterno, infinito, desgarrador que produce la muerte. No hay espacio. No hay tiempo. No hay palabra. No hay recuerdo que calme el llanto de una madre que ha dado la vida por su hijo que hoy se va para siempre. Y no de muerte natural. Y no de una enfermedad. Y no de un accidente. Y no por robarle el celular. Lo mataron a coñazos. Literalmente. Estos tipos vestidos de «verde militar» lo patearon hasta desangrarlo, hasta romperle las entrañas, hasta fracturarle el cráneo y la dignidad. Tras la puerta de la morgue esa madre llora y va a llorar todas las noches tras la puerta de su casa y tras la puerta del cuarto que hasta hoy fue de su hijo.
  • Tras la puerta del silencio todo es más sencillo. O más aterrador. Tras la puerta de la indiferencia todo sabe a nada. Tras la puerta de la Paz un disparo es un eco del grito de tu hijo, de tu hermano, de tu padre, de tu primo, de tu tío, de tu amigo. O el tuyo propio. Tras la puerta del miedo te quedarás encerrado para siempre.

 

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